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Lo que los jóvenes nos contaron sobre el agua

Foto del escritor: FLOWGEN
FLOWGEN
26 ene
5 min de lectura

En la costa de Lesbos, un facilitador entregó a un grupo de jóvenes un cubo lleno de agua y les pidió que la compartieran. Lo que siguió no fue una conversación sobre hidrología. Fue una conversación sobre quién toma las decisiones, quién queda fuera y qué ocurre cuando las personas afectadas por una decisión no están presentes cuando esta se adopta.

Ese ejercicio resume buena parte de lo que reveló FLOWGEN. En los cuatro países participantes, los jóvenes no consideraron el agua como un problema técnico. La entendieron como una cuestión de justicia y, con notable claridad, explicaron por qué han dejado de esperar que realmente se les consulte sobre ella.


Qué hicimos

Entre el otoño y principios de diciembre de 2025, los cuatro socios de FLOWGEN organizaron grupos focales nacionales: Kersnikova Institute en Eslovenia, LATRA en Grecia, Youth Bridges Budapest en Hungría y Esplai Social en España.

Los participantes incluían jóvenes, trabajadores juveniles, estudiantes universitarios, profesionales del ámbito medioambiental, voluntarios de organizaciones sociales, personas que trabajan en turismo, pesca y servicios costeros, así como personal que presta apoyo a menores en un centro de acogida para migrantes.

Las sesiones se basaron en una investigación documental previa y se estructuraron en torno a cuatro temas principales:

  • Justicia hídrica y gobernanza.

  • Participación y liderazgo juvenil.

  • Economía Azul y emprendimiento.

  • Competencias, educación y reconocimiento del aprendizaje.

La metodología fue participativa e incluyó narración de experiencias, cartografía colectiva, facilitación visual mediante rotafolios, el ejercicio del cubo de agua y mesas redondas de diálogo.


Hallazgo 1: La Economía Azul es invisible hasta que se conecta con la realidad local

El conocimiento sobre la Economía Azul fue limitado en los cuatro países. Esto no supone una crítica a los participantes, sino una constatación sobre cómo se comunica este concepto.

Cuando se les preguntó qué significaba la Economía Azul, los jóvenes recurrieron a aquello que conocían de su entorno. En Grecia hablaron de pesca, turismo, navegación y servicios marítimos. En Eslovenia mencionaron el emprendimiento ambiental. En España hicieron referencia a la biotecnología, la ingeniería costera y la biodiversidad marina.

Entonces ocurrió algo interesante. Cuando la conversación se trasladó a ejemplos cercanos —una excursión turística sostenible en barco, una limpieza del litoral, la presión del turismo sobre el suministro de agua o un proyecto local de economía circular— el concepto cobró sentido de inmediato.

Los participantes comenzaron a identificar oportunidades con facilidad: ecoturismo, seguimiento ambiental, protección de la biodiversidad y empresas vinculadas al territorio capaces de generar empleo digno.

La conclusión para quienes diseñan programas educativos sobre Economía Azul resulta clara: los conceptos abstractos no bastan; los ejemplos concretos sí.


Hallazgo 2: La participación existe, pero los jóvenes ya no creen en ella

El resultado más consistente en los cuatro países estuvo relacionado con la participación en la toma de decisiones.

Los jóvenes describieron mecanismos participativos que existen sobre el papel, pero que rara vez generan cambios reales. En España los calificaron de simbólicos o meramente formales. En Grecia hablaron de procesos poco claros, desigualdades entre zonas urbanas y rurales y una información que muchas veces nunca llega a quienes debería.

En Hungría señalaron la ausencia de una educación práctica para la participación ciudadana. En Eslovenia reclamaron vías estructuradas de participación a través de escuelas, ONG y centros juveniles, ya que los canales informales rara vez conducen a resultados concretos.

En España surgió además una reflexión significativa: muchos participantes afirmaron que nadie les había enseñado cómo funciona realmente la participación ciudadana; cómo organizar una recogida de firmas, cómo convocar una movilización o qué sucede después.

Sin embargo, la disposición a participar fue común en todos los países. Los jóvenes afirmaron que se implicarían siempre que las oportunidades fueran accesibles, relevantes para su comunidad, prácticas y con resultados visibles.

Lo que han dejado de creer no es en la participación, sino en su simulación.


Hallazgo 3: El aprendizaje existe; el reconocimiento, no

Los participantes explicaron que adquieren muchas de las competencias necesarias para la transición azul y verde —alfabetización ambiental, competencias digitales, comunicación, gestión de proyectos, trabajo en equipo y pensamiento crítico— principalmente fuera de la educación formal.

Las desarrollan mediante el voluntariado, el activismo y la participación comunitaria.

En Eslovenia y Grecia destacaron especialmente que el aprendizaje experiencial había sido su principal fuente de conocimiento.

Sin embargo, casi nada de ese aprendizaje recibe reconocimiento oficial.

En España, los participantes consideraban útiles las certificaciones únicamente cuando mejoran la empleabilidad o cuentan con reconocimiento institucional. Las microcredenciales fueron percibidas como una herramienta prometedora, aunque todavía poco conocida y poco comprendida.

En Hungría señalaron que competencias como el pensamiento crítico, la empatía y la perseverancia son fundamentales, precisamente aquellas que rara vez aparecen reflejadas en un certificado.

En los cuatro países se manifestó un amplio apoyo a sistemas de certificación más flexibles, capaces de reconocer distintas formas de aprendizaje, así como la necesidad de que la formación esté conectada con oportunidades reales de empleo y no termine simplemente en un documento que nadie consulta.

La educación para la resiliencia climática fue identificada como una carencia en todos los países.


Hallazgo 4: Cuatro países, una misma pregunta y cuatro perspectivas diferentes

Las coincidencias fueron notables, pero también lo fueron las diferencias.

  • Eslovenia abordó el agua desde la gobernanza y la planificación climática a largo plazo, destacando la protección constitucional del agua potable y la necesidad de prevenir las inundaciones en lugar de limitarse a reaccionar cuando ocurren.

  • Grecia estableció las conexiones más directas entre la Economía Azul y los medios de vida de las personas, además de ofrecer el análisis más detallado sobre los impactos del cambio climático: inundaciones, sequías, contaminación y degradación de las zonas costeras.

  • España puso el foco en las desigualdades territoriales relacionadas con el coste y la calidad del agua potable, así como en la presión que ejercen el turismo masivo y la urbanización sobre infraestructuras que no fueron diseñadas para soportar esa demanda.

  • Hungría planteó el agua como una cuestión de derechos humanos y de ética, cuestionando que los grupos vulnerables tengan que pagar por una necesidad básica y reclamando una mayor responsabilidad por parte de la industria, especialmente del sector manufacturero y de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial, debido a su elevado consumo de agua.

Una observación realizada en el grupo húngaro merece una mención especial. Los participantes introdujeron espontáneamente el tema de la inteligencia artificial, no por su impacto ambiental, sino porque consideraban que está transformando la forma en que los jóvenes aprenden, procesan la información y construyen su comprensión del mundo. En una conversación sobre el agua, esa reflexión estuvo lejos de ser una digresión.


Lo que cambió esta investigación

Una investigación que no cambia nada es simplemente una forma costosa de confirmar lo que ya se sabía. Los resultados de FLOWGEN sí provocaron cambios concretos.

La Guía Metodológica de FLOWGEN fue diseñada directamente a partir de estos hallazgos.

Dado que los jóvenes aprenden principalmente fuera de las aulas y ese aprendizaje rara vez recibe reconocimiento, el proyecto desarrolló un sistema de microcredenciales que reconoce el aprendizaje aplicado, las competencias transversales y los conocimientos adquiridos previamente, aceptando evidencias visuales, orales, colaborativas y basadas en la acción, en lugar de limitarse a evaluaciones escritas.


Asimismo, dado que la participación pierde credibilidad cuando es meramente simbólica, FLOWGEN sitúa a los propios jóvenes al frente del diseño y la implementación de intervenciones reales en sus comunidades.


Y puesto que la Economía Azul solo cobra sentido cuando se conecta con ejemplos cercanos, todos los materiales formativos del proyecto se han construido a partir de experiencias y casos reales del contexto local.

 
 
 

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